Una sociedad enferma

Una sociedad enferma

En la vida, hay cosas que crees que jamás van a pasarte a ti. Por lo general, las desgracias que vemos en el mundo quedan ajenas a nosotros y no solemos entender las situaciones que nos cuentan porque no las hemos vivido. Por más que nos las cuenten, las experiencias siguen siendo de otros y no nuestras. Los individuos de esta sociedad (estoy generalizando, por supuesto) no empatizan con su entorno, es así. Las personas somos individualistas. “El hombre es un lobo para el hombre”, que dijo aquel. Cada uno nos preocupamos de nuestros propios problemas y si sabemos que otros sufren no nos importa, siempre y cuando nosotros estemos bien. Ya he dicho que estaba generalizando. Sé que no todos somos así. Yo misma me considero solidaria, suelo empatizar con los demás (tal vez demasiado) y por eso me sorprendo (e indigno en sobremanera) siempre que otros no lo hacen.

Pero si ya me indigno cuando no ayudan a otras personas, podréis imaginar que, cuando la afectada con la que nadie se solidariza soy yo, la cosa empeora, porque me doy cuenta de lo que se siente, y no me gusta saber que, ahí fuera, hay miles de personas sintiéndose así. Pero no quiero exagerar, así que voy a explicaros lo que me pasó hace dos días, el Lunes:

Nueve de la mañana, aproximadamente. Me dirijo a clase, tras bajar del tren que me lleva hasta la estación de El Clot, subo al metro. Todo en orden, de momento. Como siempre, me quedo junto a la puerta para poder salir rápidamente en mi parada porque llego tarde a clase, gracias al maravilloso funcionamiento de nuestra querida y amada Renfe (no voy a tocar el tema porque nos da para todo un post entero, y no vamos a eso). Hoy no llevo libro, así que me dedico a mirar si tengo algún mensaje en el teléfono móvil, pero como no es así, miro por la ventanilla mientras pienso en mis propios asuntos, sin molestar a nadie.

Como podéis imaginar, el túnel al otro lado de la ventanilla no es el paisaje más entretenido del mundo así que, como suelo hacer, echo un vistazo al vagón, curiosa por naturaleza, para ver quien me acompaña durante este viaje. Un gesto desinteresado, sin ningún tipo de emoción. Por algún motivo, soy de esas personas que, cuando van en transporte publico, mantienen una expresión neutral, seria, no porque esté enfadada, simplemente porque solo estoy de cuerpo presente, mi cabeza a duras penas está allí, me disperso en mis historias, pensando algún relato o algo similar. Esta vez, mi mirada topa con un hombre. Es negro, de estatura media, solo alcanzo a ver como me guiña el ojo antes de seguir con mi ronda, fijándome en un hombre joven que se mueve por el vagón y en una mujer mayor que pretende bajar del vehículo.

Cuando el tren se detiene en la parada, me muevo. Encaro mi cuerpo hacia la puerta porque solo quedan cuatro paradas para llegar a la mía. A través del reflejo de la ventana veo que alguien se acerca a mi por detrás y me inquieto. No suele gustarme que la gente invada mi espacio personal, me pone nerviosa, sobre todo si son desconocidos, me produce ansiedad. Intento pensar que lo único que quiere el hombre es bajar en el siguiente apeadero, pero me doy cuenta de que los indicadores luminosos marcan que se sale por la puerta del lado opuesto. Como llevo la mochila a la espalda, acabo por girarme, por si acaso.

Apoyo la espalda contra la pared perpendicular a la puerta y saco el teléfono móvil dispuesta a mirar cualquier cosa antes de hacer contacto visual con el hombre que, para llamar mi atención, toca mi brazo. Lo ignoro. Hago verdaderos esfuerzos para hacerlo, para tratar de que capte el mensaje: “no pretendo hablar con usted, déjeme en paz” dice todo mi lenguaje corporal. Pero él insiste moviendo la mano delante de mi cara. Me aparto ligeramente y sigo leyendo Twitter sin poner demasiada atención. Empiezo a estar nerviosa, pero me esfuerzo en seguir pareciendo indiferente. El hombre apoya la mano en la misma agarradera en la que yo tengo apoyada la mía. Él cree que puede ser un gesto disimulado, pero a mi me parece descarado como va subiendo la mano en movimientos lentos para intentar coger la mía, obviamente, aparto la mano y sostengo el móvil con las dos. Él saca su teléfono para enseñarme algo, pero yo ni siquiera lo miro.

En un determinado momento me ha puesto tan nerviosa que empiezo a cabrearme. Me cabreo conmigo, por no estar pegándole un par de gritos y diciéndole lo maleducado que es, lo asqueroso que resulta, y con él, por estar siendo un verdadero y asqueroso acosador. Alzo la vista, lo miro con cara de asco y él compone una cara de suplica soez que me resulta verdaderamente repugnante. Mi respuesta es clara. Acentúo la expresión de asco, de disgusto y giro la cara mientras chasqueo la lengua verdaderamente molesta.

En esas, veo a una señora de brazos cruzados, observando la escena que acontece frente a ella y mi cabeza grita “¿¡Es que no pretende decir nada!? ¡Si le pasase a usted, yo diría algo!”. Pero nadie, nadie en todo el vagón que va bastante lleno, hace o dice nada. Absolutamente nada. Todo el mundo sigue mirando sus teléfonos móviles o mirando hacia otro lado mientras un hombre acosa a una chica a pocos metros de ellos. Esta vez, la chica resulto ser yo y me siento sola y abandonada por esta sociedad individualista y pienso: “No quiero que ninguna mujer se sienta como estoy sintiéndome yo. Sola, nerviosa, angustiada, asustada…”. Porque aunque intento pensar que no va a pasar nada, otra parte de mi grita: “nunca se sabe, hay mucho loco suelto”. El hombre sigue hablándome muy de cerca, pero, por suerte, no le escucho porque durante todo el rato he tenido los cascos puestos. No quiero saber lo que podría haber estado diciendo.

Tengo que bajar porque llega mi parada, pero el hombre está apoyado en la puerta y no puedo abrirla, así que camino hacia otra, sintiéndome idiota porque ese subnormal me ha obligado a irme del sitio que yo ocupaba porque sentía miedo de que me hiciese algo. Bajo del vagón y, al principio, tengo que obligarme a no salir corriendo. Luego, tengo que obligarme a caminar hacia la salida. Porque pienso: “Tengo que pasar por delante de su puerta, ¿y si me ve y baja detrás de mí? ¿Y si me sigue? ¿Qué haré?”. Pero me convenzo de que no lo hará. Me digo que no bajará del metro y seguirá su camino. No voy a volver a verlo, me digo. Y salgo de la estación de metro para encaminarme a mi centro de estudios.

Y eso pasó. Aunque quisiera decir que caminé directa y no me giré ninguna vez, no puedo. Lo hice. Me tuve que girar más de una vez para comprobar que seguía sola en la calle y que nadie iba a golpearme por la espalda. También me gustaría decir que todo acabó al bajar del metro. Pero tampoco fue así. Llegué a clase temblando, con ganas de llorar y sintiéndome gilipollas por permitir que un tipo cualquiera me hiciese tener miedo de esa manera. Ya sé que eso no es mucho, que hay mujeres que lo han pasado y lo pasan mucho peor, pero a mi nunca me había pasado algo como esto y quedé muy impactada. Mientras escribía esto he vuelto a sentirme como cuando sucedió. Ahora mismo, saber que hay mujeres que se sienten así por cosas mucho peores, que nadie las ayuda, me resulta angustiante. Esta sociedad está enferma.

 

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