De calma y soledad (I)

De calma y soledad (I)

El guante negro estaba en el suelo bañado con la intensa luz del sol que se colaba por un agujero de la persiana. Alecto von Brandt fijó sus orbes claros, casi blancos, sobre la tela oscura y brillante de una de sus pertenencias más preciadas y suspiró. ¿Cómo había llegado hasta allí? Recordaba haberlos dejado bien puestos sobre la mesilla la noche anterior. Se obligó a incorporarse en la cama aunque podría haber seguido durmiendo.

Estaba agotada. Sus sueños nunca eran tranquilos. Ni idílicos. Con mucha frecuencia la acosaban pesadillas mezcladas con recuerdos de su infancia, poco agradable. Otras tantas ocasiones no recordaba sus sueños, cosa que agradecía a la mañana siguiente. Pero todas ellas solía despertar sobresaltada, con la respiración agitada y la sensación de desazón en el pecho. Claramente trataba de ignorar esos sentimientos y tan pronto se levantaba los relegaba a un lugar de su mente en el que no estorbaran durante la jornada. Despierta podía dominar la situación. El problema venía cuando su consciencia se apagaba.

Recogió el guante del suelo y lo dejó junto al otro, en la mesilla donde recordaba haberlo dejado la noche anterior. Subió la persiana para que la claridad de la mañana inundase la habitación y abrió la ventana dejando que la brisa fresca ventilase la estancia llevándose la sensación a cerrado después de toda la noche. Suspiró cansada y convino que una buena ducha la ayudaría a despertarse.

Y así fue. Tras veinte minutos acabó de ordenar su cabello azulado. Miró su reflejo en el espejo, asegurándose de que el vestido negro que cubría su cuerpo estuviese en perfectas condiciones. Ninguna arruga, ninguna mancha. Perfecta. Era un vestido sencillo, de color negro con detalles en azul y combinaba a la perfección con los guantes azules y la sombrilla del mismo color. El olor a tabaco llegó a su habitación desde la ventana e inspiró dejándose envolver. No le desagradaba. Pese a no fumar, no le molestaba que otros lo hicieran, sobre todo si eran mezclas con aromas interesantes y no cigarrillos baratos o apestosos. Para cuando hubo acabado de arreglarse, su estómago ya se había despertado y con ello llegó el hambre. Justo antes de salir de la habitación bebió agua, luego descendió hasta el piso inferior del hostal, hacia el comedor.

Siempre le habían dicho que el desayuno era la comida más importante del día y ella nunca lo había ignorado. Por eso pidió uno copioso. Huevos revueltos, que aportarían proteína. Unas tostadas de pan integral y cereales para el aporte de carbohidratos y aguacate, para las grasas sanas. Había añadido unas rodajas de tomate, un yogurt griego natural, y frutos rojos naturales para acompañar el yogurt por el simple capricho de comerlos. Le apetecían. Desayunó con calma en una mesa apartada, lejos de cualquier posible ruido que la molestase, conociéndose a si misma y a sabiendas de lo mucho que odiaba el jaleo. Desde su posición observó a otros comensales que charlaban animadamente entre ellos sin intervenir o hablar con ninguno.

Cuando hubo finalizado su desayuno, y sabiendo que las calles de Orange Town estarían repletas de gente con la actividad matutina, decidió quedarse en el hostal para evitar mezclarse con la multitud. Detestaba verse envuelta en mucha gente, le producía ansiedad el simple hecho de pensar que otras personas fuesen a tocarla aunque no culpaba a los otros. Al fin y al cabo, no eran culpables, no del todo.

Salió a la terraza justo para ver como la dueña del hotel servía a un hombre rubio un zumo de naranja y reparó en que aun no había probado las naranjas de la isla. Un fallo por su parte. Justo cuando la mujer pasaba por su lado, la detuvo con educación y pidió, como el hombre, otro zumo de naranja. Encima de la mesa que ocupaba el rubio localizó un periódico del día y no pudo evitar acercarse. Cerró la sombrilla que había abierto para protegerse del sol.

—Buenos días. Perdone la intrusión, pero, ¿es suyo el periódico? —preguntó con amabilidad señalando el diario sobre la mesa. En ese momento, la dueña del hotel se acercó a la mesa para dejar sobre esta el zumo de naranja que la de cabellos azules había pedido. Alecto siguió con la mirada a la mujer y luego volvió a posar la mirada sobre el rubio— ¿Le importa? —señaló la silla, haciendo ademán de sentarse— No soy muy habladora, no le molestaré —prometió.

Nota: Este texto está ambientado en el universo de One Piece (un manga creado por Eiichiro Oda), así que sus localizaciones son ficticias e ideadas por Eiichiro Oda. No contiene ningún spoiler y destacar que Alecto von Brandt es un personaje original no vinculado con la serie, creado por mi e insertado dentro de ese universo por diversión. Enjoy! (¡Se agradecen los comentarios <3!)

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