Cambios.

Cambios.

Si alguien preguntaba a Carrie Doyle cuál era su momento favorito del día, ella tenía clara la respuesta. Era ese momento en el que se dejaba caer en la cama tras una buena ducha, al final de un largo día de trabajo. Ese momento en que los dedos de Owen Falk describían distintas figuras en su espalda. Nunca eran símbolos arbitrarios, solía escribirle en la espalda pasajes de los libros que más le gustaban y que se sabía de memoria. Falk era así de extraño, pero en su completa rareza, era capaz de calmar a la Agente Doyle. Ella se centraba en las letras que él escribía y olvidaba todo lo demás, lograba relajarse, alejarse del trabajo que tanto la obsesionaba y acababa durmiéndose.

Antes de que Falk llegase a su vida, el momento de meterse en la cama era el que más odiaba. Con tanto silencio y sola tendida en su cama, no podía evitar darle vueltas a todo lo sucedido en el día y no tardaba en analizar los fallos, no solo del trabajo sino de su vida. Todo lo que había perdido y todos los errores que había cometido. Con regularidad acababa levantándose para repasar casos y trabajar hasta que su cuerpo se rendía y caía k.o. en el sofá. Pero Falk había logrado acabar con eso.

No había sido de golpe. Falk lo había hecho de un modo sutil, disimulado, silencioso como él era. Empezó cuando sus encuentros para tratar los asuntos de la empresa de William Doyle se volvieron más íntimos, personales… Cuando un día, de repente, se habían encontrado acostados en la cama Carrie. Esa escena empezó a repetirse y Falk no dudó en intentar aumentar las dosis semanales de encuentros que, al principio, se limitaban a los viernes. Un día intentó quedar con Carrie enviándole un e-mail, pero Doyle no lo contestó. Varias semanas después, intentó llamarla al móvil, pero Carrie no lo cogió y él insistió llamando a la oficina del FBI en donde la Agente no pudo más que contestar, sin embargo, construyó una excusa tan creíble que a Falk no le quedó otra que aceptar y esperar al viernes. La vez siguiente y sin avisar, Falk se presentó en casa de Doyle un martes por la noche. Carrie había llegado solo veinte minutos antes de que el rubio picara al timbre y estaba a punto de echarse en la cama cuando se vio obligada a abrir la puerta. Falk entró y dejó un fajo de papeles sobre la mesa, negándose a irse pese a las quejas de Carrie, que siguió con el plan de echarse a dormir. Incapaz de hacerlo, ella se había levantado para echar un vistazo a los papeles y eso había dado a Falk la confianza suficiente como para repetir esas visitas “bonus”. Carrie no se dio cuenta de que cada vez pasaban más tiempo juntos, ni de que las verdaderas intenciones de Falk no eran que ella se involucrase más con la empresa, si no que ambos se involucrasen más el uno con el otro. Tal vez no se percataba por la sencilla razón de que no le molestaba en absoluto aquel acercamiento o porque estaba tan obsesionada con su trabajo que no le quedaba tiempo para ver más allá de sus casos. Hasta una noche en concreto, en que la relación entre ambos entró en conflicto con el trabajo de Doyle.

Ella llegó mucho más tarde de lo usual. Se había entretenido archivando algunos informes. Rondaban las tres de la madrugada cuando abrió la puerta de la habitación y encontró a Falk incorporándose en la cama, despeinado y soñoliento, con la camisa arrugada, como recién despertado.

—¿Dónde estabas? —había preguntado el rubio y, pese a que había estado a punto de responder que estaba trabajando, algo en la cabeza de Carrie hizo ” clac”, como si de repente se diese cuenta de que allí, en aquella sentencia, había algo extraño. ¿Por qué tenía que darle explicaciones? La discusión llevó a Doyle a darse cuenta de que, sin siquiera haberlo acordado, ella y Falk habían iniciado una relación personal tan íntima y secreta que ni siquiera ella misma se había dado cuenta. En realidad, estaban prometidos a ojos de todo el mundo, dado el acuerdo entre los padres de Falk y la madre de Doyle, pero ellos habían acordado que no querían celebrar ningún matrimonio, que lo que buscaban era jugársela a los respectivos progenitores. Pero allí estaban, meses después, mientras Falk escribía en la espalda de Doyle una escena de la Ilíada.

2 thoughts on “Cambios.

  1. Podrías publicar un libro bajo el título “Relatos inacabados”; una recopilación de las decenas y decenas de textos que tienes colgados por tus mil y un blogs (y los que debes no tener publicados) y que dejan a tus lectores con las ganas de más. Hasta incluso luego recibirías mails de tus fans pidiéndote la continuación de una historia u otra.

    Vamos, así, a bote pronto.
    (L)

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